Director:
Julián Plana

Colaboradores:
Véase Página de Firmas

Producción:
Tarsis.net

La originalidad y la intención de Ortega no están en la primera parte de la frase, la anterior a la coma, sino en la posterior a esa coma.
De hecho, yo soy yo y mi circunstancia, que es una referencia al Ideen de Husserl, publicado meses antes (Ich bin ich und meine Umwelt), puede ser una sentencia disculpatoria: yo soy yo pero, claro, está también mi circunstancia…
Sin embargo, la frase completa de nuestro pensador nos obliga a la acción y nos hace responsables del resultado.

Narración del Libro I de El Quijote

Principio Operativo de este Método de Iniciación: Primero, la Narración de las Obras Maestras, esmaltada por las partes textuales claves, que luego ya se tendrá acceso a la lectura completa satisfactoriamente.

1. La Lectura Comprensiva

Los informes Pisa, como sabemos, no sitúan a nuestro país en un buen lugar respecto a Educación; por ejemplo, en fluencia y comprensión de lectura.
La lectura fluida, la comprensión lectora, son imprescindibles para el estudio y el aprendizaje (quizá no para ‘pasar curso’, que según nuestros planes políticos respecto a la Educación es otra cosa). Así como para comprender adecuadamente Instrucciones y Proyectos.
Pero, es más: cuando la facilidad de la lectura y su comprensión inmediata son excelentes, el estudio pasa a ser un placer. La investigación lectora se apodera de uno. Y, a lo largo de la vida, la lectura fácil ni siquiera le ocupa mucho tiempo, dejándolo para la reflexión, contraste y asimilación, la acción correspondiente, e incluso la creación técnica, artística, vital. El gozo de estar vivo. Y de viajar, comprar, y leer, libros. Disfrutar de las Bibliotecas.…

2. Las tensas Lecciones de Lectura de mi infancia

Pues bien. Me he preguntado no pocas veces por qué mis compañeros de curso de bachillerato son todos unos triunfadores. ¡Incluso el inveterado último de la clase, porque alguien tenía que serlo!
Entonces me acuerdo de las diarias, largas, muy tensas pero apasionantes, lecciones de lectura en aquel colegio marista: teníamos 9, 10, 11, 12 años. Los quizá cuarenta nos desplegábamos en corro, pegados a la pared, en pie, alrededor de los viejos pupitres de antes de la guerra que, vacíos, hacían parecer desierta el aula.
Ya estábamos en el corro, en el orden de calidad de lectura del día anterior; por fluidez, pronunciación, entonación, voz, y vivacidad y originalidad de la comprensión, como veremos. Todo ello a juicio del no menos tenso árbitro, el profesor.
Había un primero y un último, claro. Pero todos teníamos todas las oportunidades. De avanzar o de retroceder.
Todos con el mismo texto en las manos, el Lecciones de Cosas. Empezaba a leer uno, el que decía el profesor. Según cómo lo hiciera, iba a ordenarle adelantar o retroceder n puestos, o no.
Le interrumpía, para mandar que siguiera otro determinado (nos llamaba por nuestro apellido o dos apellidos, precedido de “señor”), por sorpresa; y le pedía que siguiera leyendo o que interpretara lo que se acababa de leer, con sus propias palabras (a veces, pedía que hiciera esto último el mismo que lo había leído). Salto de puestos. Un número variable de éstos, arriba o abajo, según el acierto o la torpeza. Y otra vez, y otra, con ritmo.
Si no se sabía dónde seguir, o cómo interpretar el texto, si se bloqueaba uno, al último puesto. Ya podría volver a escalar.
Era, digo, apasionante, desafiante. Acabábamos rendidos y riendo, aliviados.
Y así leíamos fragmentos de las grandes obras clásicas (que esmaltaban aquellos humildes libros de textos, que no de texto, que valían de un año para otro a hermanos, etc.).
¡Qué sencillas son las cosas importantes!

3. Los Planes de Enseñanza

Se decía en Documenta, aquella gran revista interna de López Rodó (que desgraciadamente no aparece en la Biblioteca Nacional), que sobre las mesas del ministerio de Educación sólo había ejemplares del Boletín Oficial del Estado.
Las ideas como la clase de lectura de, por ejemplo, el hermano Moisés, no tienen quién las escriba…
Ni, a este paso, habrá quién las lea.

4. El Doblaje

Y una observación sobre el éxito, por ejemplo, de Finlandia, en este y otros campos concretos y la mala ventura de España. Allí, como en muchos otros países, no se doblan las películas, series televisivas, etc. Si se quiere saber qué dicen los personajes hay que leer los subtítulos, al ritmo y correspondencia con el sentido del filme. Se produce, pues, en el espectador, especialmente en los niños, la tensión lectora y comprensiva, durante todo el tiempo de aparente distracción, viendo el cine o la televisión. Suplementariamente, se es iniciado en otras lenguas, y con la naturalidad idónea…

5. El caso de El Quijote

Existe, como es natural, en nuestra patria, el deseo de que los niños se inicien en la lectura de la importantísima obra de Cervantes, el libro más traducido del mundo después de la Biblia. Es una cuestión justa de orgullo nacional. Y se fuerza, de una u otra manera, incluso se intenta dosificar como control de daños (dos capítulos al día, por ejemplo), etc., sin la previa transición que aquí propongo: la Narración. ¿Con qué resultados? Y, lo que es peor, ¿con qué índice de frustración y vergüenza interior de tantísimos españoles.

6. A qué llamo Narración

Aquí se propone otro camino: el del placer y la sorpresa, el de la tranquilidad de ánimo, el de la mayor felicidad patria incluso. No se garantiza que todos quienes lo disfruten acabarán por leer los textos completos, unabridged, Pero…
Se trata de narrar El Quijote, o cualquier otro Libro insigne, de contarlo en muchas menos palabras y actuales, pero…
Pero incluyendo en su lugar en la Narración las gemas textuales del Libro, la estricta literalidad de sus parrafadas y escenas importantes.
Ello permite, además del disfrute individual, organizar lecturas colectivas, y públicas si se quiere. No hay más que hacer varias copias del texto y marcar en cada una la parte confiada a cada participante. La voz del relato puede ser la de un lector al que podemos llamar Narrador. Cuando la narración es del Autor, es decir, del propio libro y por consiguiente de Miguel de Cervantes, está ya en letra resaltada, negrita, y debe ser encargada a otro, al que podemos llamar Cervantes. Cuando es Don Quijote, ha de ser la voz de otro participante en la lectura colectiva. Sancho, otra. Así como Marcela, etc. Alguno tiene poco papel, como Andrés, el criado de Juan Haldudo, pero lo importante es participar. Y, atención, las narraciones están esmaltadas de dichos literales de personajes (o de Cervantes), a veces de una sola palabra (como “corridísimo”); en letra negrita, claro, y debieran asimismo ser intercaladas por las voces de quienes encarnan el personaje (”corridísimo” lo dice Cervantes), lo que puede dar gran relieve y vivacidad a la lectura en común.
Ya luego esa adolescencia en lo libresco de nuestro siglo de oro tendrá la oportunidad de disfrutar de su lectura completa, prendada como sin duda quedará en esta breve visión de tanto interés y belleza literaria.

7. La Narración del Libro I de El Quijote

Más de cuatrocientos años hace que olían a tinta húmeda las primeras ediciones (que, dado su éxito, fueron varias en el mismo año de 1605; sin contar una probablemente aparecida ya en 1604, y luego tantas en tantas lenguas) de lo que ahora llamamos “la primera parte” de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Se trata de la novela más importante de todos los tiempos, según consenso de la crítica universal. Primera quizás entre las novelas; tal como las entendemos desde que ésta apareció, ya que fue la primera realista, simplemente humana. En la que no ocurre lo que dictan los hados, el destino o una detallista Providencia; sino lo que los hombres y mujeres que viven en ella provocan que ocurra, en uso de su más o menos claro albedrío.
Una novela ya moderna, en la que la distanciación del humor, la mirada irónica y la complicidad con el lector, se demuestran en que sus expresiones se han hecho nuestras y habituales. Por ejemplo, Don Quijote y Sancho Panza entran en El Toboso de noche cerrada, buscando las torres del alcázar donde habría de vivir Dulcinea, y al palpar la piedra en una fachada el caballero dice “Con la iglesia hemos dado, Sancho” (por cierto, suele decirse topado, pero en El Quijote es “dado”).
Y Don Quijote tiene como principal ejercicio vital actualmente reconocido “desfacer tuertos”, la palabra entuerto no aparece en el libro; en él se dice siempre “tuertos”, torcidos; porque el término aún no se había especializado, quién sabe por qué, para aquellos que sólo tienen visión en un ojo.
Y muchas otras expresiones hoy comunes que se reconocerán en esta lectura, que se ceñirá a “El Quijote de 1605”, sin cambiar una letra (no se piense que cuando se habla de la “estrema” belleza de Dulcinea se trata de una errata, no). Esperemos que antes de diez años pueda el Narrador terminar el relato a este mismo modo de la no menos interesante secuela, como hoy se diría, de 1615.
Por último, no olvidemos que Cervantes era un hombre de extensa cultura, aún no suficientemente explorada, un librepensador y uno de nuestros primeros renacentistas.
Y es él mismo el primer personaje que nos habla en las páginas de su libro que, prólogos aparte y como bien sabemos, empieza así:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.
El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.
Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.
Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos.

No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recibía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar, que era hombre docto, graduado en Sigüenza, sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al
Caballero del Febo, y que, si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles. Y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes.

Y así nuestro hidalgo repara y completa con alguna maña una vieja armadura ligera, pone como nuevo nombre a su caballo Rocinante. E inventa a Don Quijote.
¿Qué o quién es Don Quijote? ¿Un loco, o el único cuerdo de un tiempo confuso? ¿Un rebelde renacentista, en una España aún oscura? ¿Un “jugador de rol”, que se repersonaliza como caballero andante para intentar entenderse a sí mismo, en una sociedad que él no comprende ni quiere comprender, y contra la que intuye que tiene que luchar con todas sus pobres fuerzas? “¡Yo sé quién soy!”, responde rotundamente a su vecino Pedro Alonso, que le recuerda que él le conoce como “el honrado hidalgo señor Quijana”.
Elige como dama, y asimismo pone nombre, a Dulcinea, una morisca aldeana de un lugar vecino, que se sabía que era nacida en El Toboso y se llamaba Aldonza Lorenzo.
Y, en solitario, ahora que ha dejado de ser hidalgo, hijodealgo, para remanecer “hijo de sí mismo”, sale a caminar por el Campo de Montiel, de buena mañana…
…sin llevar otro camino que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras…
…aunque buscando, como obligado principio de su nueva vida,
dónde y cómo ser armado caballero.
Al anochecer llega a una venta que asimismo decide él que es un castillo. En su entrada, hacen la calle unas mozas del partido, como se llamaba entonces a las prostitutas; y nos hace saber que no cree que puedan ser inferiores a las más altas doncellas y grandes señoras, como para él eran todas las mujeres; además de extremadamente libres, como se verá.
En el interior de la venta, las chicas que sirven se ríen de su aspecto pero, al llegar también a la venta un castrador de puercos que hace sonar un silbato anunciando su oficio, como aún hoy hacen los afiladores y lañadores, Don Quijote da en pensar que es música en su honor…
Los otros huéspedes también se burlan de él que, por la noche, “vela sus armas” religiosamente (puesto que el ventero le ha prometido armarle caballero al día siguiente), y así llega a haber la primera pendencia, de la que sale mal parado.
Pero efectivamente, al amanecer, el comprensivo y socarrón ventero le arma caballero, en una parodia de la entonces tan seria ceremonia; aconsejándole, por otra parte, que no vaya por el mundo sin dineros ni camisas limpias.
No mucho después de dejar la venta, y cabalgando siempre al criterio de su caballo, ve a un labrador azotar a un joven criado y le fuerza a desatarle y cesar el castigo. Claro que en cuanto el caballero se aleja, el criado, casi un niño, es atado y azotado de nuevo y aún con más furia; por lo que el jovencito, cuando muchos caminos más tarde se reencuentra con Don Quijote, le echará en cara su intervención, dejándole “corridísimo”. Le dirá:

—¡Por amor de Dios, señor caballero andante, que, si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo!

Se tropieza a continuación con unos mercaderes toledanos a los
que quiere hacer confesar a la fuerza que su amada Dulcinea es la doncella más hermosa del mundo; y los mercaderes, que son seis, le apalean.
Tendido en el suelo, nuevamente malparado, es como lo encuentra un paisano suyo y lo devuelve a su casa.
Entonces es cuando el barbero, el cura, el ama y la sobrina de Don Quijote deciden quemar sus libros (aunque respetando el Amadís, el Palmerín de Inglaterra, el Tirant lo Blanc, ¡y La Galatea de Cervantes!) y tapiar su biblioteca, mientras él se repone en su cama.
El pobre hidalgo tiene que conformarse, porque le dicen que un sabio mago llamado Festón ha sido quien ha hecho desaparecer incluso la estancia de sus lecturas.
Pero no consiguen disuadirle de su papel de caballero andante y para seguir en ello, esta vez con algunos dineros y camisas limpias, le hace falta al caballero un escudero, y elige a…
…un labrador vecino suyo, hombre de bien –si es que este título se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca sal en la mollera.
Se trata de Sancho Panza, al que promete el gobierno futuro de algún pequeño territorio o ínsula. Y se hacen sigilosamente al camino.
Lo primero que les ocurre juntos es el episodio de los molinos de viento, entonces una innovación técnica aun no corriente, en los que cree ver a los “gigantes”, los demasiado poderosos, lo nocivo de las excesivas magnitudes sociales, lo demasiado fuerte e irresistible, los validos, los prepotentes; aquellos a los que se enfrentaban los caballeros andantes de sus lecturas, para proteger a los desvalidos.
Las aspas de los molinos, aliadas con el viento, no sólo dan con él en tierra, sino que trituran su lanza. ¡Pero, malparado, encuentra la punta de hierro, que más adelante montará en un nuevo palo, todas las veces que sea necesario!
Lo segundo, es el encuentro con dos frailes, contra los que también arremete. Y esta vez sale victorioso; no así Sancho que es apaleado por unos mozos cuando se dispone a quedarse con las pertenencias de uno de los religiosos.
Entretanto Don Quijote desafía, ¡y no es derrotado por él!, a un caballero vizcaíno que forma parte de la pequeña expedición. Magnánimo, le deja marchar con la condición de presentarse a Dulcinea y reconocer ante ella la victoria de su enamorado.
Sin embargo, cuando se encuentran con unos cabreros, muy lejos de imaginar otra cosa y pelearse con ellos, comparten la cena, y Don Quijote, a la música de un rabel, en la noche de su primer éxito, les habla de la mítica Edad de Oro, que él lucha por restablecer. Y así les dice el caballero:

¡Dichosa edad y siglos dichosos, aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados; y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío!
Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo.
Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, que la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van ahora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado.
Entonces se decoraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia, mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto agora la menoscaban, turban y persiguen. La ley aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado.
Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios, o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste.
Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogisteis y regalasteis, es razón que con la voluntad a mí posible os agradezca la vuestra.
En esto llega desde el pueblo al bien avenido grupo un nuevo mozo; trae una noticia: Grisóstomo, un hidalgo, dueño de ganados y antiguo estudiante en Salamanca, ha muerto de amores por Marcela, una sumamente bella y asimismo rica heredera que gusta de vivir libremente la vida de los pastores en aquellos andurriales. Como quiera que Grisóstomo va a ser enterrado en el campo y no en sagrado, el lector de hace cuatrocientos años debía pensar en un suicidio.
No obstante, deciden acudir todos al entierro, al día siguiente. Y en el camino, los pastores hablan a Don Quijote de la cruel muchacha, que es amable con todos pero a nadie cede, que se sepa.
En tanto, él no deja de hablarles de su oficio de caballero andante.
En el entierro, se leen unos postreros y desesperados versos del mismo Grisóstomo. Cuando, de improviso, aparece Marcela, siendo recibida con improperios por los amigos de su amador (por ejemplo, “¡oh, fiero basilisco destas montañas!”).
Pero ella responde a todos:
Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura.
Y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir: «quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo». Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que, si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos, y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso.
Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros por que no me amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado, o como la espada aguda: que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca.

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.
Fuego soy apartado y espada puesta lejos.
A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y, si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, en fin, de ninguno de ellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y, si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto.
Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido; ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa!
Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino; y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase de aquí adelante que, si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes.
El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida no me conozca; quien cruel no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá,
ni seguirá en ninguna manera; que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas. Tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a este, ni solicito aquel; ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas de estas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas; y, si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.

Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Y algunos dieron muestras, de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos, de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por Don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces dijo:
—Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía.

Tras cerciorarse de que nadie perseguirá a la bella individualista (de un individualismo femenino que hoy afortunadamente no nos asombra), se despiden caballero y escudero de los cabreros y vuelven al camino.
Desmontan para descansar, y el suelto aunque aún ensillado Rocinante ve una manada de yeguas y se interesa de tal modo por ellas que los arrieros tienen que separarlo a palos. Acuden don Quijote y Sancho a defenderlo; acometiendo a los más de veinte arrieros, ya que el caballero proclama que él sólo vale por cien.
Y acaban apaleados los tres: caballo, caballero y escudero.
En otra venta, que una vez más es acreditada de castillo, se disponen a pasar la noche. Y Don Quijote, que debe andar un tanto como su caballo, al oír acercarse a la criada Maritornes, que se ha apalabrado para esta noche con otro huésped, cree que se trata de la dama del castillo que le requiere a él de amores.
En fin, nueva trifulca y paliza sobre paliza. Como, naturalmente, no piensan pagar al marcharse de un “castillo”, Sancho, que se queda atrás, es manteado, y se quedan con sus alforjas.
Aún no se han repuesto de sus daños mediante el curalotodo “bálsamo de Fierabrás”, que fabrica Don Quijote, según sus recuerdos de los libros de caballería, cuando al ver dos rebaños de ovejas se le hacen al caballero dos ejércitos en pugna y se pone de parte de uno, arremetiendo contra el otro, ya que cree distinguir en ellos personajes de aquellos libros.
Llegan los pastores y, como es de imaginar, le sacuden una vez más.
Se topan con un cortejo fúnebre, al que atacan, imaginando que no es un cadáver sino un caballero andante mal herido al que trasladan cautivo. Los once sacerdotes del cortejo no atinan a defenderse y huyen tras recibir los golpes del caballero. Excepto uno, que no puede escapar porque Don Quijote le ha roto una pierna, y que precisamente es el de mayor jerarquía.
El de la pierna quebrada escucha, sin decir que no, que Don Quijote se presume excomulgado, “por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada”; a pesar de que el caballero precisa como atenuante que no ha puesto las manos, sino el lanzón.
Curiosamente, parece sentirse orgulloso de haber sido excomulgado, al igual que el Cid, que también “anduvo aquel día el buen Rodrigo de Vivar como muy honrado y valiente caballero”.
Tras todo esto, Don Quijote decide llamarse suplementariamente “El caballero de la triste figura”, como le ha identificado engañosamente Sancho ante los curas en el transcurso del episodio (al igual que los de sus lecturas se sobrenombraban “el de la Ardiente Espada”, el “de la Muerte”, o el “del Unicornio”).

Y como quiera que Sancho ha saqueado la acémila que transportaba las provisiones de los eclesiásticos, aquella noche “con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto”, pero no tenían vino, “ni aun agua”, que beber, y sufren de una espantosa sed. Y, en noche cerrada, siguen la pista de la hierba, en busca de un manantial. Llegan a oír fuerte sonido de agua, pero acompañado de grandes golpes que atemorizan al escudero y obligan al caballero a prepararse para la pelea diciendo:
—Sancho amigo, has de saber que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo tales grandezas, estrañezas y fechos de armas, que escurezcan las más claras que ellos ficieron. Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas desta noche, su estraño silencio, el sordo y confuso estruendo destos árboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que parece que se despeña y derrumba desde los altos montes de la luna, y aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos, las cuales cosas todas juntas, y cada una por sí, son bastantes a infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mesmo Marte, cuanto más en aquel que no está acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace que el corazón me reviente en el pecho con el deseo que tiene de acometer esta aventura, por más dificultosa que se muestra. Así que aprieta un poco las cinchas a Rocinante y quédate a Dios y espérame aquí hasta tres días no más, en los cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y desde allí, por hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea que su cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.
Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo y a decirle:
—Señor, yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa aventura; ahora es de noche, aquí no nos ve nadie, bien podemos torcer el camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres días; y, pues no hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes; cuanto más que yo he oído predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien conoce, que quien busca el peligro, perece en él; así que no es bien tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por milagro, y basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle de ser manteado, como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de entre tantos enemigos como acompañaban al difunto. Y cuando todo esto no mueva ni ablande ese duro corazón, muévale el pensar y creer que apenas se habrá vuestra merced apartado de aquí, cuando yo, de miedo, dé mi ánima a quien quisiere llevarla. Yo salí de mi tierra y dejé hijos y mujer por venir a servir a vuestra merced, creyendo valer más y no menos; pero, como la codicia rompe el saco, a mí me ha rasgado mis esperanzas, pues, cuando más vivas las tenía de alcanzar aquella negra y malhadada ínsula que tantas veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en pago y trueco della, me quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato humano. ¡Por un solo Dios, señor mío, que no se me faga tal desaguisado!; y ya que del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dilátelo a lo menos hasta la mañana.

En esto parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural, que es lo que más se debe creer, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él. Mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo; pues pensar de no hacer lo que tenía gana tampoco era posible, y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna y, en quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto, que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia, le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía. Pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado, que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo Don Quijote, y dijo:
—¿Qué rumor es ese, Sancho?
—No sé, señor —respondió él—; alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas, como Don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices y, apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro apretándolas entre los dos dedos y, con tono algo gangoso, dijo: —Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
—Sí tengo —respondió Sancho—; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
—En que ahora más que nunca hueles y no a ámbar —respondió Don Quijote.
—Bien podrá ser —dijo Sancho—; mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
—Retírate tres o cuatro allá, amigo —dijo Don Quijote, todo esto sin quitarse los dedos de las narices—; y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía, que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.
—Apostaré —replicó Sancho— que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba.
—Peor es meneallo, amigo Sancho —respondió Don Quijote.
En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo.

Al amanecer pueden ver que los ruidos procedían de unos batanes, maquinaria hidráulica compuesta de gruesos mazos de madera, movidos por un eje, para golpear, desengrasar y dar cuerpo a los paños. Y ocurre algo asombroso: Don Quijote acepta que se trata de unos simples batanes y aún aprovecha para aceptar también la reflexión de Sancho de que las más de las veces nos atemorizamos de cosas sin mayor importancia.
Siguen su camino hacia ninguna parte y algo más tarde se cruzan con un barbero que se protege la cabeza del sol y la lluvia con una brillante bacía; la vasija cóncava, como pequeña palangana, que usaban los barberos para remojar la barba, y que tenía una escotadura semicircular en el borde donde encajar el cuello del que se afeita.
Don Quijote decide apropiarse de ella reconociéndola como el “yelmo de Mambrino”; puesto que la celada, o pieza de la armadura para cubrir y defender la cabeza, que se había fabricado en su casa con materiales de fortuna, tiempo hacía que había claudicado.
Más tarde, tendrán que responder de ese hurto.
Pero entonces, al seguir su andadura, se encuentran con doce presos que son conducidos a galeras. Interpretando a su modo lo que los condenados le cuentan de sus faltas recuerda Don Quijote que uno de sus deberes como caballero es dar libertad al esclavizado. Desoye a Sancho que le advierte de que…
…la justicia, que es el mesmo Rey, no hace fuerza a semejante gente, sino que los castiga en pena de sus delitos…
…y arremete contra los guardianes que, así, descuidan a los presos. Éstos se liberan de sus cadenas y se unen a él.
Pero provisionalmente, porque luego apedrean y roban a hidalgo y escudero.
A causa de este episodio, son perseguidos por los hombres de la Santa Hermandad, los de las mangas verdes; y, como bandoleros, han de refugiarse en Sierra Morena. Para colmo, uno de los condenados liberados roba a Sancho su apreciado asno.
Don Quijote decide quedarse en retiro penitencial, semidesnudo, entre las peñas de Sierra Morena, imitando a Amadís de Gaula y lo que ha leído también en el Orlando furioso, pero manda a Sancho a llevar una carta a Dulcinea.
Cuando el escudero se dirige, pues, a El Toboso, ocurre que pierde la carta, al tiempo que una cédula dirigida a la sobrina del caballero ordenando darle a Sancho tres de los cuatro o cinco pollinos de la casa, en compensación por la pérdida de su asno; y, en cambio, encuentra al cura y el barbero de la aldea de Don Quijote que han salido en su busca. Les guía hasta donde encuentran a Cardenio y a Dorotea. Ambos han sido, como entonces se decía, burlados: Cardenio por Luscinda, que lo ha abandonado por Fernando, quien a su vez ha abandonado a Dorotea.
Dorotea se presta a desempeñar un papel acorde con la imaginación de Don Quijote: el de la princesa Micomicona, cuyo reino ha sido usurpado por un terrible gigante.
¡Un gigante! ¡Por fin!
“Si yo –había dicho– por males de mis pecados o por mi buena suerte, me encuentro por ahí algún gigante”…
Don Quijote deja pues la Sierra, con el cura, el barbero, Dorotea (perdón, la Princesa Micomicona), Cardenio y Sancho.
En el camino está aquella venta de Maritornes y, ay, del manteo propinado a Sancho.
Con la esperanza de, ahora, cobrar del barbero y el cura, son bien recibidos, y Don Quijote, que está rendido, se retira a descansar al desván donde el ventero decide que duerma.
Curiosamente, en esta venta tienen por costumbre el que el que sepa leer lo haga a los demás en voz alta y así terminar las jornadas o pasar las fiestas con los segadores que acuden a aquellos campos.
Esa velada el cura se ofrece a hacerlo y así se inserta en la novela la de El Curioso Impertinente y sus versos, tales como:

Es de vidrio la mujer; pero no se ha de probar si se puede o no quebrar, porque todo podría ser. Y es más fácil el quebrarse, y no es cordura ponerse a peligro de romperse lo que no puede soldarse. Y en esta opinión estén todos, y en razón la fundo, que si hay Dánaes en el mundo, hay pluvias de oro también.

Que recordaba al lector que Dánae fue, de buen grado, poseída por Júpiter porque descendió sobre ella convertido en, precisamente, lluvia de oro.
O, por otro ejemplo:

Busco en la muerte la vida, salud en la enfermedad, en la prisión libertad, en lo cerrado salida y en el traidor lealtad. Pero mi suerte, de quien jamás espero algún bien, con el cielo ha estatuido que, pues lo imposible pido, lo posible aun no me den.

Del camaranchón donde reposaba Don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:
—¡Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto! ¡Vive Dios que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza cercén a cercén, como si fuera un nabo!
—¿Qué dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela quedaba—. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís, estando el gigante dos mil leguas de aquí?
En esto oyeron un gran ruido en el aposento, y que Don Quijote decía a voces:
—¡Tente, ladrón, malandrín, follón; ¡que aquí te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!
Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:
—No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque sin duda alguna el gigante está ya muerto y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida; que yo vi correr la sangre por el suelo y la cabeza cortada y caída a un lado, que es tamaña como un gran cuero de vino.
—Que me maten —dijo a esta sazón el ventero—, si Don Quijote, o don diablo, no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.
Y con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a Don Quijote en el más estraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias. Tenía en la cabeza un bonetillo colorado grasiento, que era del ventero. En el brazo izquierdo tenía revuelta la manta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el porqué; y en la derecha desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante; y es lo bueno que no tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante: que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón y que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo, que arremetió con Don Quijote, y, a puño cerrado, le comenzó a dar tantos golpes, que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del gigante; y con todo aquello no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo, y se le echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó Don Quijote, mas no con tanto acuerdo, que echase de ver de la manera que estaba.
Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla de su ayudador y de su contrario.

Con la llegada de otros huéspedes a la venta y seguro el ventero de cobrar los pellejos de vino, se despeja el ambiente. Dos de los recién llegados son Luscinda y Fernando que, arrepentidos, van en busca de sus enamorados. También un ex cautivo de Argel acompañado de una mora convertida que no quiere que la llamen Zoraida sino María.
El ambiente es cálido, le recuerda a Don Quijote la velada con los cabreros en la que les habló de la Edad de Oro… Y vuelve a tomar la palabra, en otras disquisiciones sorprendentes para aquella época de conquistas inmisericordes, guerras fuera de España, apresamientos de esclavos… Época en que no se hablaba de paz sino de victoria y conquista… Época en que no podía soñarse en poner muchos límites al ejercicio de la guerra, en el sentido de las actuales convenciones como la de Ginebra, etc.
Incluso en el mismo Prólogo, Cervantes ha hecho una sorprendente, terrible, defensa del pensamiento libre al decir directamente al lector nada menos que: “tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto al rey mato”.
Ahora reflexiona sobre las armas y las letras.
—Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que nosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora que está a mí lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel caballero de la Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no hay que dudar sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos que los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima, cuanto a más peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas; que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir y a lo que ellos más se atienen es que los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenas fuerzas, o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos mucho entendimiento, o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tiene a su cargo un ejército o la defensa de una ciudad sitiada, así con el espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzas corporales, a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, las estratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; que todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte alguna el cuerpo.
Siendo, pues, ansí, que las armas requieren espíritu como las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del guerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras (y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo; que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le puede igualar: hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo) entender y hacer que las buenas leyes se guarden, fin por cierto generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida.

…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados.
A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.

Aunque bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.
Y, así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos,
Entusiasmado por sus mismas palabras y por el relato del ex cautivo de Argel (que es la historia del mismo Cervantes), por la noche, Don Quijote hace guardia, armado y a caballo, y se le oye decir, cara a la Luna:
—¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad, y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! Y ¿qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás, por ventura, las mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros por sólo servirte de su voluntad ha querido ponerse? Dame tú nuevas della, ¡oh luminaria de las tres caras!; quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando, que, o paseándose por alguna galería de sus suntuosos palacios, o ya puesta de pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazón padece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado, y, finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos por madrugar y salir a ver a mi señora, así como la veas, suplícote que de mi parte la saludes; pero guárdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro; que tendré más celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberas de Peneo; que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces, celoso y enamorado.

Aparecen por fin, tarde como de costumbre (A buenas horas, mangas verdes, que se recordará que verdes eran las mangas de su uniforme) los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que por fin han dado con Don Quijote, que es buscado por salteador de caminos. El cura supo convencerles de que se trataba, en realidad de un pobre loco y, aunque todos los huéspedes de la venta se ponen de acuerdo para seguir representando la farsa de la princesa Micomicona, para asegurarse de poder llevar a Don Quijote a su casa le atan mientras duerme y le encierran en una jaula de palos sobre un carro de bueyes. Así vuelve el caballero a su aldea, creyendo que ha sido encantado.
Al acercarse a la aldea y merced a los buenos oficios de Sancho, Don Quijote es liberado, y así llega a producirse la última aventura de este primer libro y primera de las vidas del caballero.

Era el caso, que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle había.
Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle por la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó que era cosa de aventura y que a él solo tocaba, como a caballero andante, el acometerla; y confirmole más esta imaginación, pensar que una imagen que traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines, y como esto le cayó en las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un punto le enfrenó, y pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó su adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:
—Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se han de estimar los caballeros andantes.
Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las tenía, y a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los diciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle; mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le daba, diciendo:
—¿Adónde va, señor Don Quijote?; ¿qué demonios lleva en el pecho que le incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquella es procesión de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.

Lo último que se conoce de esta primera vida de Don Quijote son dos posibles epitafios:

El calvatrueno, que adornó a la Mancha de más despojos que Jasón de Creta;
el juicio que tuvo la veleta aguda donde fuera mejor ancha; el brazo que su fuerza tanto ensancha, que llegó del Catay hasta Gaeta; la musa más horrenda y más discreta, que grabó versos en broncínea plancha; el que a cola dejó los Amadises, y en muy poquito a Galaores tuvo, estribando en su amor y bizarría; el que hizo callar los Belianises; aquel que en Rocinante errando anduvo, yace debajo desta losa fría.

Y éste otro:

Aquí yace el caballero bien molido y mal andante, a quien llevó Rocinante por uno y otro sendero. Sancho Panza, el majadero, yace también junto a él.

Pero nunca dejará de resonar sobre campos, aldeas y ciudades, de todo el mundo y todos los tiempos, su ardiente y eternamente oportuna lección:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida…

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Se dice que nunca segundas partes fueron buenas. No es aplicable a El Quijote. Su Segunda Parte es magnífica. Hay quien me dice que le parece mejor que la primera. Aun así me viene a la cabeza traicioneramente una frase de Eugenio D’Ors, refiriéndose a un pintor-secuela de Picasso, Gris, Braque; es decir, de los primeros cubistas: “Gino Severini es, sin duda, un pintor más agradable y, probablemente, mejor dotado que el precursor Georges Braque. Pero de la ambición de Braque al acierto de Severini, ¡qué distancia, qué descenso!” (Arte de Entreguerras, Aguilar, sin fecha pero primera edición).
Cervantes escribe, siempre a mi humilde juicio, incluso más dueño de su pluma, esta segunda parte. Se recrea en el personaje Sancho, aún más de lo que en la primera parte con los secundarios; como mi favorita, Marcela. Porque don Alonso (don Quijote, según él) se da, en ambas partes, por definido en sí mismo. Es, como he dicho más de una vez, con peor o mejor acogida, un jugador de rol. No, desde luego, en sentido peyorativo sino en el genérico. Ha leído los libros de caballería y se ha personificado. Es lo que los antiguos romanos llamaban y la universidad internacional (lo que sobre todo los anglosajones llaman la Academia) llama “persona”; basándose en que la palabra proviene de las máscaras teatrales romanas, que incorporaban un embudo interior para amplificar la voz, “per sonare”.
Don Quijote, como el Dios del antiguo testamento es el que es. Y hace lo que tiene que hacer, sin debate interior. ¡Feliz él! Sancho tiene que reinventarse a cada momento. Y sobre todo en esta Segunda Parte, en esta tercera salida, segunda para Sancho, en la que se ve incluso investido gobernador de aquella “ínsula”.
Don Quijote sólo parece improvisar con las damas, o en Cataluña, con los bandoleros y en la playa y aguas de Barcelona, momentos muy interesantes en los que algo se despersonaliza y se diría que se atiene individualmente, como Alonso, a las circunstancias.

A todas las Marcelas de todos los mundos y todos los tiempos,

JP

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