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Julián Plana

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Véase Página de Firmas

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Tarsis.net
La originalidad y la intención de Ortega no están en la primera parte de la frase, la anterior a la coma, sino en la posterior a esa coma. De hecho, yo soy yo y mi circunstancia, que es una referencia al Ideen de Husserl, publicado meses antes (Ich bin ich und meine Umwelt), puede ser una sentencia disculpatoria: yo soy yo pero, claro, está también mi circunstancia... Sin embargo, la frase completa de nuestro pensador nos obliga a la acción y nos hace responsables del resultado.

La lucha contra los gigantes, de Don Quijote a Ortega         

Don Miguel, Don Quijote y Don José, codo a codo 

 

1914-2014: centenario de las Meditaciones del Quijote, el primer libro de José Ortega y Gasset, y aquél en el que nos da el lema primordial

 

Aparece Don José, entre Don Miguel y Don Quijote

Desde muy joven, José Ortega y Gasset une su suerte a la de Miguel de Cervantes y el Quijote.

¿Cuál es el título del primer libro de nuestro pensador, publicado en 1914, es decir, hace cien años? Meditaciones del Quijote.

¿Dónde, cuándo, anuncia su lema característico, su particular divisa de caballero, en el que iba a ser su también desigual combate contra los espantosos gigantes del siglo XX?

Precisamente en las páginas de este primer libro, su propio Génesis. Y al aliento de Don Miguel y de Don Quijote.

 

La divisa de Don José

Sabemos que, sobre todo en los países hispanoparlantes, es raro encontrar a alguien de un nivel cultural apreciable que desconozca que Ortega escribió aquello de Yo soy yo y mi circunstancia.

Y punto, como dicen los arbitrarios.

¿Verdad?

Pues no, señor. Y coma.

Porque la frase completa incluye, tras sólo una humilde coma: y si no la salvo a ella no me salvo yo.

De hecho la primera parte de la frase es el Ich bin ich und meine Umwelt, de su colega y amigo Edmund Husserl (Ideen I, 1913, el año anterior…). Ortega no lo anota, de acuerdo con su hábito de no abrumar al lector con aparato referencial, porque es que él se consideraba un publicista de la filosofía in partibus infidelium; o sea como un misionero. Por otra parte, decía haber nacido sobre una rotativa (de padre periodista y madre de familia de editores de periódicos). Creía, pues, que debía ser, sobre todo, legible.

Yo soy yo y el mundo que me rodea, había establecido Husserl. Y esto fue importante en la refundación de la fenomenología, después de Hegel, etc.

¿Se enfadó Husserl por esta enmienda o compleción de Ortega, que juzgamos ahora que optimizaba la Fenomenología haciéndola proyectiva? ¿Haciendo énfasis en el “yo ejecutivo” en vez de escuetamente en la “conciencia implicada” de los fenómenos?

No. Años más tarde, el primer hijo de nuestro pensador, Miguel Germán, fue amablemente hospedado permanentemente en casa de los Husserl mientras estudiaba en Alemania.

(Volviendo al cervantismo de Ortega, no puede sorprendernos que se bautizara como Miguel a su primer hijo. Sabemos, sí, que se añadió Germán, por haber nacido en Alemania, en Marburg).

Fenomenología Proyectiva. Podría decirse que Ortega sustituyó el Pensador de Rodin, que piensa sentado, por el erguido arquero. Y dio ese nombre y símbolo, el del Arquero, a una colección editorial. Veremos que podemos considerarle el pensador erguido, para mejor avizorar el futuro.

Y, ¿qué es la circunstancia? El conjunto de lo que está en torno a alguien; el mundo en cuanto mundo de alguien, según la Academia. Sí, claro, el Umwelt. Que hoy se traduce frecuentemente por entorno o medio ambiente.

No es tampoco sorprendente el apego de los ecologistas, especialmente en EEUU, a la frase entera y comprometida de Ortega:

Yo soy yo y mi circunstancia, y sólo si la salvo a ella me salvo yo.

Que es la principal, sin duda, de sus Meditaciones del Quijote.

¡Del Quijote! ¿Por qué tampoco puede sorprendernos?

 

Esa perezosa prudencia popular

Por cierto, uno se pregunta por qué suele citarse nada más que la primera parte de esta frase capital.

Bueno, pues comparemos ambas oraciones, la completa y la probablemente censurada por la poderosísima prudencia popular (que es “prudencia” con tintes de pereza y culpabilidad); la sagesse des nations, que es como llama Sartre cínicamente a la frecuentemente indigna norma de cultura weberiana, que los comentaristas y continuadores de Weber (así, Parsons o Schutz) prefieren llamar patrones sociales o patrones típicos, usos. Usos populares que son demasiadas veces entre prudentes, si no cobardes, y perezosos. 

Al llevar a cabo pruebas de interpretación en nuestro seminario universitario de Creatividad Social, resultó que comparando ambas sentencias, la completa (tal como está, en rojo, más arriba) y la “censurada” (dejando únicamente Yo soy yo y mi circunstancia), sus significados parecían ser totalmente contrarios entre sí.

La frase completa era, claramente, responsabilizadora del tal Yo, en tanto que la acortada era precisamente irresponsabilizadora (“yo soy yo, un tipo estupendo, pero claro también está mi circunstancia que, si no, yo sería capaz de tantas cosas”)…

Y casi absolutamente, en ambos casos.

Y esto ocurre también con las versiones populares de otras frases y episodios históricos. Por ejemplo, ¿sólo habló Churchill, en su famosa y dramática alocución del 13 de mayo de 1940, de sangre, sudor y lágrimas?  No. Lo que dijo fue: I have nothing to offer but blood, toil, tears, and sweat, no tengo nada que ofrecer excepto sangre, trabajo duro, lágrimas y sudor. 

Churchill

Efectivamente, poco después empezaba la trascendental  Batalla de Inglaterra (que se libró entre julio y octubre de 1940).

Pero, ¿qué se ha hecho del “trabajo duro” como exigencia para la victoria?  Deserve Victory!, ¡merece, tú también, la victoria!, advirtió a cada uno de sus compatriotas, desde un cartel  y durante el resto de la guerra, el hombre que llevaba la victoria en sus dedos, tantas veces en forma  de V.

¿Fue una manzana lo que despertó a Newton de su presunto letargo intelectual, o es una historieta para alumnos de primaria (los que todavía creen en las soluciones a los problemas y no en las arduas superaciones)? De este modo, pueden adquirir la falsa pero grata impresión de que si algo así de sencillo les ocurre en algún momento de su vida ellos también se harán famosos. De lo que habló Sir Isaac Newton en 1671 en la Royal Society, al ser elegido fellow, fue de haber estado pensando continuamente en ello. Nunca, en vida de Newton, se habló de la manzanita, lo que fue puesto en circulación por uno de sus biógrafos, sin duda con aficiones cuenteras, sensiblemente después de su muerte en 1727.

¿Es eureka una expresión chocante de un extravagante Arquímedes viendo que al bañarse subía, hasta rebosar, el nivel del agua de su bañera, o el perfecto de euriskein, encontrar: lo he encontrado?

¿Somos todos un tanto cuentistas y algunos, lo que aún es peor en los tiempos que corren, holgazanes?

 

Don Miguel, Don Quijote y Don José, responsables de sus circunstancias

¿Cómo pudo El Quijote provocar esta meditación primordial en el Ortega de 31 años? Evidentemente, porque Don Alonso Quijano lo que hizo, cuando comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel, fue precisamente esto, responsabilizarse de su circunstancia. La hizo suya, hizo cosa suya lo que pudiera suceder en su Umwelt. Y pasó a llamarse Don Quijote de la Mancha.

SalióA salvar lo que hubiera que salvar, a enderezar tuertos

Era su misión de caballero. Porque “nobleza”, no sé; pero hidalguía obliga.

Y así enseñó al joven Ortega aquello que es nuestra misión. Y Don José no dejó de insistir en ello durante toda su obra, durante toda su vida. Repite una y otra vez, hasta que nos deja en 1955, Yo soy yo y…

 

La ampliación del horizonte

La humildad personal de Don Alonso quedó sobrepasada por la grandeza de su misión. Transfigurado, erguido, erigido, en Don Quijote, amplió sus horizontes.

(Al fin y al cabo, La Mancha es, en la mayor parte de sus parajes, un vivero y una escuela sin igual de horizontes; allí se sabe claramente que la Tierra es redonda porque, si no, ¿dónde están estas montañas que sabemos no tan lejanas —sobre todo, en el Campo de Montiel, relativamente cerca de Sierra Morena—, para haber desaparecido en la, además tan clara, lejanía?  El horizonte marino es indeciso, por la evaporación del agua, la bruma; en el desierto todo cambia y se enduna con la última tormenta de arena; pero en La Mancha)…

Y, no mucho más tarde, no será sólo La Mancha; tenía que salvar lo que entonces se llamaba Las Españas.

Y, ahora, le pedimos —sin la insolencia de la “exigencia”, ya que Don Quijote no nos permitiría la menor arrogancia— que nos ayude a salvar el mundo. ¡Que es que está en crisis! No ya nuestro Umwelt, sino el Welt.

(Otro paréntesis: se usa demasiado el verbo exigir. Julián Marías lo detestaba. Mencionaba a aquel arzobispo de Buenos Aires, ahora que otro ha pasado a ser nada menos que el Papa de Roma; el de la época de la fatal enfermedad de “Evita”, que clamaba: “Exigimos a Dios la salud de la señora Perón”).

 

Los gigantes que Ortega veía cada vez más cerca

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Esta excelente fotografía de la revista LIFE nos da la idea de las ‘masas’ que el erguido Ortega preveía. Congreso del partido Nacional-Socialista alemán, en Nüremberg, 1937.

Por cierto, Ortega se confesaba “muy poco moderno  y muy siglo XX”; es decir, muy poco “progresista” de rótulo, nada romántico, nunca demasiado humano; sino, por fin de nuevo, clásico.  Pero, el siglo XX al final resultó ser una prolongación en peor del XIX (en el que quizá aún estamos, a pesar de haber cambiado de milenio).

¿Qué  afectados gigantes elevaban entonces una y otra vez sus brazos, al tiempo que resultaban molidas, primero las esperanzas y los huesos de sus pueblos y al fin millones y millones y millones de vidas? Sí, recordad que extendían sus brazos, unos con la mano abierta y otros empuñada. Se llamaban Benito Mussolini, Josef Stalin… Luego, Adolf Hitler, y habían de aparecer multitud de quislings e imitadores, en un número rápidamente creciente de países.

De modo que reseñemos ahora otro de los libros de Don José. El hispanista Thomas Mermall asegura que es el libro, de los escritos en lengua castellana, más traducido y vendido en todo el mundo después de… El Quijote.  Se titula La Rebelión de las Masas y se publica inicialmente como serial en el diario El Sol, del que él es colaborador desde el principio, casi cofundador con Nicolás María de Urgoiti. En 1926. A finales de 1930 como libro.

El título “La rebelión de las masas” no fue generalmente entendido; no hace mucho un importante escritor confesaba que suponía que se trataba de la rebelión de los asalariados respecto a los patronos explotadores, los mandatarios socialmente injustos, etc.; es decir, la rebelión de los ciudadanos frente al tirano. Es precisamente lo contrario. Ortega se refiere a la rebelión de las masas en contra de ellas mismas, de sus propios ciudadanos; y a favor o en busca de sus tiranos, de sus gigantes.  Como los personajes de Pirandello en busca de su autor.

 

La aglomeración, la agregación

Voy a hablarles de un caso exactamente real: cuatro jóvenes van en el coche del padre de uno de ellos por las calles de una ciudad, cuyo alcantarillado es conocido por su poca eficacia, después de un fuerte chubasco.  Circulando a una velocidad inadecuada para una calzada encharcada, salpican a un matrimonio de avanzada edad que camina por la acera. El hombre les insulta. Detienen el auto, bajan y se dirigen hacia él. Le pegan. El hombre cae al suelo, le siguen pegando, incluso con el paraguas arrancado de las manos de su espantada esposa que resulta roto. El anciano muere poco después en el hospital de un ataque cardiaco. El padre de uno de ellos insiste, con lágrimas en los ojos, “mi hijo es incapaz de una cosa así, son las malas compañías”. Ninguno, de aquellos cuatro muchachos, habría sido capaz, en función individuo, de aquella cobardía; sí, los cuatro agregados. Es el efecto gang, tan sumamente peligroso, como puede verse. En ningún momento del sistema educativo se les previno contra él. Es más: a nadie parece interesarle la prevención del efecto gang (del que proviene gangster, pandillero).

Cualquier masa siempre es una “mala compañía”, ¡de la que se forma parte!

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Don Quijote detesta las masas complacientes.
Sabe que detrás de ellas hay un insufrible gigante. Así, en este episodio le da nombre al líder del rebaño; se tratará, sin duda, de Alefanfarón de la Trapobana.
Y arremete contra los pobres componentes de la ‘masa’ que son, siempre, los que pagan las consecuencias de su sumisión.
En este otro bajorrelieve de Pepe Noja, del monumento a Cervantes de Alcalá de Henares, se vive la escena, casi una previsión de los bombardeos devastadores de las ciudades alemanas en la IIGM.

“No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”, publica Ortega en Esquema de las crisis, que luego formó parte de su curso En torno a Galileo, de 1933. Hay peligros de la circulación social que deben ser masticados incluso en las escuelas, y luego en los institutos, etc., como ahora se hace con los de la circulación rodada. Se trata de aprender lo que puede pasarnos, en ocasiones. Esta enseñanza debe servir, como todas, para toda nuestra vida.

 

Los gigantes del siglo XX

Años antes, Lenin ha dado su golpe de estado contra la república democrática presidida por el Sr. Kerenski. Es sustituido en 1924 por Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, apodado Stalin (acero).

En Italia, un tal Mussolini también apunta maneras. Había dicho en 1922 en el parlamento italiano (imagínenselo con los brazos en jarras, con los puños apoyados en la cintura): “Podría hacer de esta aula sorda y gris un campamento de soldados: podría destruir con hierros el Parlamento y constituir un gobierno exclusivamente de fascistas. Podría; pero no lo he querido, al menos en este primer momento”.

La marcia su Roma había sido una demostración de respaldo por sus hombres-masa, pero la forma en que se convierte en jefe de gobierno está perfectamente de acuerdo con el Statuto Albertino (la constitución italiana de entonces).

En Alemania, no es hasta 1932 que el Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores obtiene el 37,3% y el 33% de los votos, respectivamente, en las elecciones extraordinarias de julio y noviembre (es decir, menos en las segundas que en las anteriores). Pero la inestabilidad política y la imposibilidad de crear otro gobierno firme hacen que el Presidente de la República nombre él al Präsidialkanzler, el canciller presidente, el jefe del gobierno, algo que era tarea del parlamento: el 30 de enero de 1933 el anciano mariscal Paul von Hindenburg nombra jefe de gobierno a Adolf Hitler.

Europa, el mundo, se llena de jefes. Y de camisas de diferentes colores: negras en Italia, pardas en Alemania, verdes en Rumanía y Brasil, azul mahón las de Falange Española, etc.

Es la Época de las Camisas, y también de los brazaletes y los pañuelos del cuello: pañuelos rojos los de los jovencitos pioneros soviéticos, a algunos de los cuales aún pude ver, en los neoestalinistas años setenta, en el Bolshoi; asistiendo al ballet como espectadores privilegiados; como todos; como mi mujer y yo, claro, teóricamente invitados de los sindicatos soviéticos.

E incluso los pañuelos creo recordar —porque la historia que no gusta a los que prevalecen se cambia o se borra y olvida— que azul claro de las juventudes del New Deal en EEUU, desfilando también por la Quinta Avenida.

Era la época

No se podrá decir que Ortega carecía de previsión, de visión anticipada. Desde Don Quijote, nadie se había alzado tanto sobre sí mismo, para ver lo que se nos venía encima, con tal clarividencia.

Nuestro Don José advertía del peligro de las masas, que se convertían en los partidos de masas; que acabarían convirtiéndose a su vez en casi un oxímoron  —dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, generando un tercer concepto—, el de “partidos únicos”, destrozando el sentido mismo de la democracia.

Todavía no había ocurrido, pero Ortega, nuestro erguido espectador, lo preveía, si no se advertía el peligro para la civilización de que los ciudadanos libres se convirtieran en hombres (y mujeres, claro) masa; machacada, insisto, su individualidad por la fuerza de los brazos y los gritos de los líderes-molino.

(Efectivamente, determinada hiperactividad de las neuronas Cubelli, o neuronas-espejo, nos lleva a arrimarnos y llegar a ser inseparables de un grupo humano; de un equipo de fútbol –soy del Barça; o del Madrid-, o de un partido político –soytal cosa; es decir, no soy realmente yo, no soy de mí mismo. Y llegar a considerar a los adversarios en enemigos. Volviendo al fútbol, ya no se llama, o al menos no muy frecuentemente, encuentro a un partido).

 

Individuo y masa

La racionalidad individual es

Humilde pero independiente; juiciosa (juiciosa, que juzga sobre pruebas) más que “opinante”, puesto que la opinión no es más que “la parte más accesible de la actitud”, según Allport, etc.;

Enérgica, sí, claro, pero cuando el discernimiento es suficiente

Pero la racionalidad desaparece cuando nos unimos no académicamente a otros semejantes para ser parte de algo más fuerte, como los palos a ser parte de un haz, un fascio, el símbolo del fascismo: un gran palo múltiple, un aglomerado, terminado para colmo en un hacha.

Escribe Ortega: “Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo, en bien o en mal, por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo”, y, sin embargo, no se angustia, se siente a salvo al saberse idéntico a los demás”.

El hombre masa se reconoce, explica, por la  “libre expansión de sus deseos vitales y una radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Es decir, sólo le preocupa su bienestar y al mismo tiempo es insolidario con las causas de ese bienestar”.  Lo suyo es aglomerarse, las aglomeraciones, recalca.

No se ve “salvando la circunstancia” Es, dice Ortega, un niño mimado, que cree tener derecho a todo sin él hacer nada y que pasaría esta misión a sus feroces “papaítos” (Padrecito, llamaban a Stalin). Los dictadores, que el hombre-masa ve por encima de su propio nivel, como su líder, guía, führer, duce, caudillo, conducator, gran timonel, jefe máximo… Seres excepcionales;  admirablemente gigantescos para el hombre-masa, que se sabe insignificante; es decir, sin capacidad de dar significado a nada.

Aquellos dictadores tenían la capacidad de instalarse en la circunstancia, de convertir el problema en solución, la circunstancia en “mil años”, como auguraba Hitler para el tercer Reich… Tuvo que empezar la terrible Segunda Guerra Mundial, para que los profesores de derecho político se dieran cuenta de que los estados totalitarios se definían por la inevitabilidad de desembocar en la guerra total, bombardeando poblaciones…

Gigantes, enormizados por lo que Cervantes llama “hinchar el perro”, con el culto a la personalidad.

 

La actitud de Don Quijote ante los gigantes

Don Quijote, que no es tonto, teme a los gigantes; sabe que su batalla contra ellos será desigual.

En ocasiones, no puede evitar respetarlos, admirarlos, siquiera sea provisionalmente.  Así, “decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado”.

Alonso, ya convertido en brillante jugador de rol a partir de sus lecturas de caballerías, se ve a sí mismo, una de dos:

Acabando con ellos como “el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes, o Félixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los frailecicos que hacen los niños”.

O bien perdonándoles la vida pero, ah, con una condición: “que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero Don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante”

La lucha contra los gigantes es, para él, “buena guerra”, la guerra justa; así resuelve sencillamente el grave problema que preocupaba a los escolásticos.

Leamos:

“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra”.

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Bajorrelieve frontal (Autor: José -Pepe- Noja) del monumento a Cervantes en Alcalá de Henares.

Ya saben ustedes cómo acabó la confusión de los molinos en gigantes. Y, en otra ocasión, la de los odres de vino. En esta segunda vez ya había influido Don Quijote tanto en su escudero que Sancho Panza estaba seguro de haber visto rodar, con sus propios ojos, la cabeza del gigante que tiranizaba el otrora pacífico reino de Micomicón.

 

¿Hay fin?, ¿hay salida?

Sólo algunos de los gigantes que previó, vivió y sufrió Ortega cayeron en 1945, tras una guerra atroz.

(Es lo que temía el sabio arconte Solón, cuando en plena crisis ateniense le fue ofrecida la tiranía —es decir, que gobernara él solo, suspendiendo a los otros arcontes, discrepantes de sus ideas—. Y Solón dijo: no; la tiranía, en ocasiones críticas, puede parecer una buena cosa; pero no tiene salida).

Está descendiendo el telón final del Calígula de Camus. Ya está a menos de dos metros sobre el escenario. El déspota, en el suelo, roto y lleno de sangre, incorpora su cabeza y mirando al público del teatro, dice con voz ronca “Aún no he muerto”. Acaba de caer lentamente el telón. Pero los espectadores  no tienen esta sensación. Tardan en romper en aplausos, aunque luego sean fuertes e interminables, sobre todo si el intérprete ha sido José María Rodero. 

Algunos gigantes geopolíticos están “vivitos y asesinando”, otros se han descompuesto en mafias que trafican con todo, incluido el plutonio, que Hawking conjetura que puede acabar con nuestra civilización; y otros palpitan en la barriga gestante de la historia. Por ejemplo, en los llamados “países gamberros”, donde hay verdaderas dinastías o castas de tiranos, o religiones fanáticamente intransigentes, que viven en tiempos históricos ya pasados para nosotros, pero con científicos nucleares y técnicos en cohetería intercontinental.

 

Están en nuestra circunstancia

De modo parecido, algunos gigantes nos rodean como los muertos vivientes familiares de las películas de serie B y las series de televisión.

Reconocerán algunos:

Los partidos políticos españoles actuales.

Que votan en las cámaras aglomeradamente, como un solo hombre. La Constitución Española en el artículo 67.2, por un lado asume la evolución histórica del sistema representativo hacia el mandato libre, pero, claro, por otro establece el sistema proporcional de esas listas de partido, que supone evidentemente dicho mandato imperativo, en evidente contradicción. Pero cualquiera contradice al líder: ¡no irá en la próxima lista!

El que los votos de los enlistados no sean secretos, ya que se refleja en un mapa luminoso con el escaño de cada cual. O el voto a mano alzada. Evidentemente, no es libre, si no es secreto.

(Pero es que cuando se les ocurrió a sus convocantes votar secretamente en una de las huelgas recientes en Madrid, salió que se desconvocase, por gran mayoría. Y eso, claro, no puede volver a ocurrir).

El sistema funcionarial corporativo. Los políticos hablan una y otra vez de ventanilla única, de policía de proximidad… Tonterías de estos, al fin y al cabo, interinos.

(Porque siguiendo un caso de puesta en marcha de una nueva empresa, puede encontrarse con que el “vuelva usted mañana” decimonónico está en “vuelva usted dentro de tres días”; pero una y otra vez, porque “falta una firma” de muchas, un nuevo requisito).

Los grandes grupos de comunicación.

Las religiones, o facciones de ellas, intolerantes.

Ciertos colegios, o corporaciones, profesionales.

Los sindicatos de la mano alzada y los “piquetes informativos”. ¿De qué, qué, tienen que informar, en el siglo de los medios de comunicación?

Los antisistema que queman contenedores, rompen ventanas y escaparates. ¿Recuerda el lector a Hulk, el personaje de la Marvel Comics que en España llamábamos precisamente La Masa, ¿recuerda sus tebeos, sus películas? Era un humano corriente, pero la indignación, generalmente legítima de origen, le ponía de color verde, al tiempo que lo hinchaba, lo hacía gigantesco, y le daba una fuerza excesiva, inhumana. Se descontrolaba. Es lo que llamamos “estar fuera de sí”. Que no es una actitud técnicamente, cerebralmente, inteligente. Ni cooperadora. Recuerden que Ortega lo dice con su claridad: No sabemos lo que nos pasa, y esto es lo que nos pasa. Bien, pues planteémoslo: ¿con qué hemos de sustituir la indignación?)

Pero sigamos, aunque no acabaremos:

La corrupción, como evidente crimen organizado.

Las llamadas mafias, desde la trata de seres humanos al narcotráfico.

El gran capital y las multinacionales, como repetía el gran Marcelino Camacho. Con distinciones y matizaciones que también él hacía.

Las compañías petroleras, ‘señoras del gran poder’, simbolizadas en estos gigantescos barcos petroleros y en estas frecuentes catástrofes ecológicas que…

Los privilegios. Por ejemplo, incluso en la mayoría de países la Ley Hipotecaria es un privilegio, una privilex y, por otra parte, un contrato de adhesión, contra los que se ha manifestado tanto el Supremo… Cuando un divorciado deja de pagar los “alimentos” a sus hijos se embarga un tercio de sus ingresos, no su vivienda. ¡Y son los alimentos de los hijos!

El juego, como signo de democracia y prosperidad. El fallido y gigantesco proyecto Eurovegas. Uno de los primeros signos de la famosa Transición española fueron las máquinas tragaperras por doquier, y los bingos monumentales. Y ahora, tenemos las gigantescas “casas” internacionales de apuestas anunciadas en las camisetas de algunos de los principales equipos deportivos…

El alcohol, el botellón juvenil (“botellón”, botella gigante).

……..

El Terrorismo, en todas sus formas y escalas.

……..

En fín, tantos, que debiéramos aspirar a acabar con ellos como Félixmarte de Hircania, de cinco en cinco. O al menos de dos en dos, como el caballero de la ardiente espada.

 

Un Método de Salvación de la Circunstancia

Sí. Pasan los siglos, pero no los problemas. Las circunstancias no son las mismas pero se parecen mucho. Las cosas se tuercen, una y otra vez, obedeciendo fatalmente a la segunda ley de la termodinámica. Es la espontánea tendencia al caos y la crisis.

Y hay que desfacer los tuertos. Quizás al antiguo modo, ya que todavía carecemos de un Método de Salvación de la Circunstancia (por más que algunos estemos trabajando en ello). Y la Democracia, la Justicia, la Libertad, sí, sabemos qué son, pero aún no las sabemos aplicar con la deseable y provechosa precisión, como sucede también aún con la Física Cuántica.

 

Tres últimas notas:

1.    Don Miguel de Cervantes Saavedra es un librepensador. Escribe, aunque en un prólogo que podía ser prescindible, seguramente para no perjudicar la publicación de El Quijote, algo “hermoso y terrible”, por usar los calificativos de Fiodor Gladkov para estos casos:

“Y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto al rey mato”. (“Debajo de mi manto”, en mi interior, “al rey mato”) ¿Se decía? ¿Comúnmente?

 2.    Don José Ortega y Gasset, en su mismo primer libro, en las Meditaciones del Quijote, nos incita a “llevar las cosas a la plenitud de su significado”.

Así, ahora, antes de que sea tarde, la Democracia.

La Justicia.

Y la Libertad.

Único bien incluso superior a la Verdad y la Justicia ya que, sin ella, ¿qué verdad, qué justicia pueden prevalecer? ¡Las que dicten los gigantes!

 3.    Don Quijote de la Mancha confía a su escudero: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”…

Compartamos, lector ya amigo, esta aventura.

Y hagamos nuestro el viejo lema de los republicanos romanos: non ducor, duco me. No soy conducido, yo me conduzco.

 

JP

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