Director:
Julián Plana

Colaboradores:
Véase Página de Firmas

Producción:
Tarsis.net
La originalidad y la intención de Ortega no están en la primera parte de la frase, la anterior a la coma, sino en la posterior a esa coma. De hecho, yo soy yo y mi circunstancia, que es una referencia al Ideen de Husserl, publicado meses antes (Ich bin ich und meine Umwelt), puede ser una sentencia disculpatoria: yo soy yo pero, claro, está también mi circunstancia... Sin embargo, la frase completa de nuestro pensador nos obliga a la acción y nos hace responsables del resultado.
De una postguerra antigua

¡Caray!

 

 

En la Lleida de los primerísimos años cuarenta (del mal llamado siglo XX; porque para mí que fue una simple prórroga y minutos de la basura del siglo XIX; en el que quizá, ay, aún estamos); en aquellos años de la “Victoria”, que así eran llamados oficialmente: 1939 fue el Año de la Victoria; y 1940, el Segundo Año de la Victoria, y así…

En aquella Lleida, con la vieja y formidable catedral aún convertida en cuartel y fortaleza (eso, desde 1707 y hasta 1948), ocupada por la Legión y llamada, también oficialmente, el Castillo Principal

 

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claustre

 

 

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Joao Carvalho

 

 

…Había una especie de ángel: la señora Franco.

Sí. Era una curiosa coincidencia. Su marido era un médico radiólogo. Habían llegado a nuestra ciudad, supongo, después de la Liberación; como también se llamaba.

Esto era corriente. Muchos de los médicos habían sido fusilados por los anarquistas o tras su paso por los “tribunales populares”, en el llamado Tiempo Rojo. Como otros titulados superiores que no eran notoriamente  republicanos y no se habían guardado, desat, a tiempo. Y muchos de los que lo eran y tampoco habían sentido necesario guardarse a tiempo (así el médico de casa, el doctor Formiguera) habían sido también fusilados en aquella prolongación del “tiempo rojo” (de sangre) que fue la inmediata postguerra; perdón, Victoria.

Lleida fue colonizada por médicos castellanos: Ferrándiz, Óscar, Alonso, Franco, Polo (otra coincidencia)…

El matrimonio Franco era muy religioso. Él era de la Adoración Nocturna: una noche a la semana se la pasaba, junto con sus cofrades, arrodillado en una “capilla del Santísimo”; luego, pasó a ser una noche al mes… Y era, también Caballero del Pilar.

(De los Hábitos, recordadme que hablemos otro día).

Habían tenido dos hijos: uno murió en el frente, naturalmente en el bando de Franco (el Generalísimo, digo); el otro estaba en la División Azul.

La señora Franco, doña Pilar, se propuso, ¡bendita sea!, proteger a los republicanos que habíamos vuelto de nuestros armarios quizá imprudentemente pronto y que ella presumía inocentes.

¿Cómo? Reuniendo, notoriamente en una ciudad como aquélla, para merendar y contar cuentos, etc., a grupos de niños y niñas de uno y otro bando.

Y también, lo que ya era decisivamente notorio, dedicando discos a sus “amiguitos”, con nombres y apellidos, en el programa más escuchado de “EAJ42 Radio Lérida”, El Disco Dedicado. A mí, cuyo nombre y apellido coincidían con los de mi padre, me dedicó “Los bosques de Viena”, un vals de música descriptiva de Strauss que me había sonsacado que me gustaba mucho.

El Disco Dedicado era un programa lleno de claves. A una señora, que en el llamado (cuantas veces repito eso, ¿verdad?) Tiempo Normal; es decir, antes de la República, había estado además de preanta (vamos, que estaba muy buena), muy metida en la sociedad ilerdense, una señora además de posibles, alguien con falso nombre le dedicó la ranchera “Tú ya no soplas como mujer”. Al día siguiente lo comentaba todo el mundo.

Claro, al día siguiente de lo de los Bosques de Viena, la gente  decía riendo que la señora Franco había dedicado un vals al Juez Plana (perdón, exjuez, puesto que los liberadores le habían privado de esa cualidad). “A su hijo”, precisaban innecesariamente sus mujeres. Se sabía, claro, lo de los niños de doña Pilar.

Pues bien, en una de aquellas meriendas en que alternábamos los niños de la guerra, unos de la Situación (como, sí, se llamaba a los del bando victorioso) y otros de la…, no sé yo cómo nos llamarían “ellos”.

Una de aquellas tardes, no sé qué pasaría que uno de los mejor vestidos soltó un “¡Caray!”. La señora Franco le reprendió dulcemente; le dijo que era una grosería.

Ante mi sorprendida admiración, y como un rayo, aquel niño se puso de rodillas y con los brazos en cruz, y empezó enseguida a recitar, muy rápidamente:

“Sálvanos, señor, que perecemos. Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío. Virgen Santísima y Madre mía, ampárame en tu manto. Ángel de la Guarda…”.

Y así una retahíla de letanías encadenadas que duró lo que a mí me pareció mucho tiempo.

La señora Franco le levantó, secó sus lágrimas y le dijo: “muy bien, ya está, no lo digas más”.

 

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